Nuestra Señora del Dolor

Camilo Valverde Mudarra

 

Hay en el fervor cristiano varias advocaciones referentes al dolor vital que padeció María: la Virgen de las Angustias, Patrona de Granada (España); la Dolorosa, Patrona de muchas ciudades y cofradías, objeto frecuente del arte y de la denominación popular; la Virgen del Martirio, de la Espada.

Una espada atravesará tu alma (Lc 2,35); stabat mater dolorosa iusta crucem (Jn 19,25-27). Nuestra Señora de la Espada; pero no la espada en la mano para amenazar, sino clavada en el corazón con su herida de dolor y sufrimiento. La espada, que le pronosticó el anciano Simeón, con ocasión de la presentación en el templo de su Divino Hijo, en aquel segundo anuncio con tintes de amargura y de tragedia, tan distinto al primero, el del ángel, que preveía y le garantizaba un futuro glorioso, en el que iba a ser la Reina Madre del Hijo del Altísimo, heredero del trono de David, en un reinado eterno.

La alegría duró muy poco en su ilusión esperanzada. Después le predicen oficial­mente en el templo que su vida será un dolor sin término, o bien, siete espadas, siete dolores prolongados e incisivos. Pues, en efecto, el sentir fervoroso del pueblo no ha visto una espada, sino siete, que se cruzan y atraviesan en su corazón de madre. El número siete indica la perfección, la plenitud. En este caso, la plenitud, el colmo del sacrificio y del sufrimiento, el dolor consumado. Así, desde el primer momento, vino a quedar proféticamente impli­cada en el interminable calvario de su Hijo.

El niño de María, niño también nuestro, el niño de todos, nada más nacer, es perseguido a muerte; y es preciso emprender la huida, hay que iniciar el recorrido de ese camino doloroso que culminará en la cruz. Desde el primer instante, la madre preveía, tenía la certeza absoluta, de que su hijo terminaría asesinado. Y como toda buena madre se asoció al dolor y a la muerte de su hijo, "varón de dolores", “desecho de la humanidad”, “siervo de siervos”, “cordero llevado al matadero”, como le llamaron los profetas, traspasado por nuestras injusticias y crueldades, “eran nuestros dolores los que le pesaban”. Con Jesús sufrió, con Jesús compartió su pasión. Por eso, la llaman "mujer de dolores". La Dolorosa; porque es la mujer que más ha sufrido en el mundo, al sufrir, al lado de su hijo, sus dolores, los de su hijo y los de todos los hombres de todos los tiempos y de todos los espacios. La pasión cruenta de su hijo tuvo la réplica exacta en su incruenta pasión de madre. Por ser "La Dolorosa" y "la Misericordiosa Virgen de la Ternura" puede comprender y aliviar los dolores de todos los mortales.

María aceptó la espada, las siete espadas y las hundió en su corazón para que se fundieran en el horno ardiente de su amor de madre, madre de todos los vivientes. Con el deseo de que en su corazón se hundieran todas las espadas del mundo para transformarse en cruces, pues, en cierto modo, la espada es también una cruz, que todas las espadas del mundo se hagan cruces, miles y miles de cruces clavadas por todos los caminos y las encrucijadas, cruces anunciadoras de que lo único que hemos de hacer los seres humanos es amar a Dios, línea vertical, y amar a los hombres, línea horizontal de la cruz, la señal del cristiano.

Te pedimos señora y madre nuestra, que sepamos, como tú, abrazarnos al misterio del dolor que es una gracia, un privilegio con que Dios premia a sus más fieles y leales amigos; la mayor desgracia sería vivir sin cruz, pues a la gloria sólo se va por un camino de cardos y de espinas; mantenerse firmes y constantes en el dolor es permanecer en la esperanza. Aguantar en dolor es también vivir en el incondicional seguimiento de tu hijo. Para un cristiano leal seguidor de un crucificado, no puede haber gloria mayor que vivir y morir con las manos clavadas a un madero en cruz. Hay que aceptar el sufrimiento como prueba purificadora y como instrumento de santificación. Dios está siempre junto a los atribulados y el dolor es el camino que conduce a la felicidad; sólo Dios es capaz de cambiar el luto en alegría: "los que siembran con lágrimas, cosechan entre cantares" el sufrimiento, genero­samente asumido, es una fuente inagotable de felicidad y de alegría. Sólo los que así saben sufrir encarnan en su vida la paradoja evangélica del dolor y la alegría indisolublemente unidos en todo fiel cristiano. Así dice el Apóstol: “Procurad tener los mismos sentimientos que Cristo…que su humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,5-8).