Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores 

Padre Luis de Moya

 

Evangelio: Lc 2, 33-35 Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.
Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:
—Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción –y a tu misma alma la traspasará una espada–, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.


Por el sufrimiento a la felicidad 

Recordamos sobradamente la escena, común en el pueblo elegido: era preciso acudir con todo primogénito recién nacido al Templo de Jerusalén. San Lucas recoge en su evangelio algunas circunstancias del viaje y de la estancia de María y José con el Niño en el Templo. Son las palabras del anciano Simeón a María –cuando se encontraban en la casa de Dios– las que nos sirven hoy para nuestra meditación.

Las proféticas palabras del anciano, tan ricas en contenido, que han sido repetidamente meditadas, como un lugar común, por los autores espirituales de todos los tiempos, sirvieron también a Juan Pablo II, siendo todavía cardenal Wojtyla, como hilo conductor de unos ejercicios espirituales que predicó al Pontífice Pablo VI, en el mes de marzo de 1976. El libro "Signo de contradicción", que recoge aquellas meditaciones, se recomienda muy vivamente.

Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel. Advierte el Espíritu Santo, por boca de Simeón, que la suerte de gran número de personas dependerá de su actitud ante Aquél que María tenía en sus brazos. En efecto, a la luz del Evangelio que proclamaría Jesucristo –aún de pocos días cuando se pronunciaban esas palabras–, queda muy claro que el mensaje que difundió y su misma persona, son decisivas para los hombres. Las palabras mismas no pueden ser más tajantes: ruina o resurrección. Según sea la actitud con Jesucristo de cada persona, conseguirán su propia ruina o su resurrección gloriosa.

Como somos consecuentes con nuestra fe y queremos serlo cada día más, tenemos mucho interés en que no caigan en el olvido estas pocas palabras, tan claras y tan decisivas, para que nuestra existencia terrena y eterna esté colmada de sentido. A partir de este convencimiento –imprescindible–, se adopta toda una actitud frente al Señor, frente a lo divino. El cristiano de verdad, es muy consciente de serlo. Su religión y su Dios no son, desde luego, un aspecto más de su personalidad: uno entre tantos. Es propiamente lo radical, lo que mantiene todo el resto por importante que parezca, lo que dota a lo demás de su sentido y dignidad. Es también la razón de ser de su existencia. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? Las palabras de Jesucristo confirman que lo decisivo no es, ni mucho menos, un triunfo meramente a lo humano: habiendo conseguido todo en la vida se puede ser, en realidad, un fracasado.

Ruina y resurrección... y para signo de contradicción. Es decir, la vida y enseñanza de Cristo, y su misma persona, no dejaría indiferentes a los hombres, vaticina Simeón. Y lo comprobamos tal vez en nuestro tiempo con un especial evidencia. La realidad es que a Jesús de Nazaret –Hijo de Dios hecho hombre– o se le sigue con pasión o se le desprecia. Esa fría y pretendidamente serena indiferencia que algunos manifiestan frente a lo cristiano, es en realidad una franca oposición a Dios: no reconociéndolo como fundamento y sentido de cuanto existe, lo colocan algunos muy por debajo de otros que, aceptándolo como Dios, Señor del mundo, por debilidad o fragilidad humana, no saben ser coherentes con una doctrina que reconocen como divina y, en el fondo, reverencian. En realidad, en el origen de aquellas actitudes, resulta fácil descubrir, en bastantes ocasiones, un ateísmo práctico inconfesado.

No podemos olvidar que celebramos hoy la memoria de Nuestra Señora, Virgen de los Dolores. Para el estímulo nuestro, nos insiste de nuevo Iglesia, el día siguiente a la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz, en que es preciso asumir el dolor. No debemos retraernos del seguimiento de Cristo por el dolor que exige ir tras sus pasos. Como no podía ser menos, María, su Madre, máximamente unida al Hijo, identificada con la voluntad de Dios, participó como nadie en el sufrimiento. Simeón se lo había anunciado: y a tu misma alma la traspasará una espada. Una espada de dolor que María esperaba a causa de Jesús desde los pocos días de su nacimiento. ¿Es posible hablar con más propiedad de un sufrimiento asumido libremente por amor?

El dolor de nuestra Madre no podía deberse a defecto corporal ni de su espíritu, como sucede en el resto de los hombres. Sin embargo, María sufre como nadie, porque ama como nadie. Le hace sufrir la humanidad, apartada de Dios; sufre por su Hijo divino, muchas veces despreciado y perseguido, aunque también fuera aclamado en ocasiones hasta querer hacerlo rey; y, por fin, aquella Pasión ignominiosa, en la que pudo contemplar con sus propios ojos cómo torturaban al fruto bendito de su vientre.

Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza.
—Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz.

No hay dolor como su dolor, afirma san Josemaría. No deberíamos, nosotros, tener miedo al dolor. Por más que parezca que la plenitud del hombre está en gozar fascinantemente de cuanto la imaginación sugiere, los cristianos debemos negarnos con tenacidad a esa concepción de la vida tan extendida y atractiva como sugerente, pero alejada por completo de los imperativos de la fe. Por más que el hombre se revele, el verdadero amor que nos hace felices, no puede depender, en nuestra actual condición, sino del sufrimiento que están dispuestos a asumir los que aman. Y hoy se nos recuerda que la bendita entre todas las mujeres es la Virgen de los Dolores.

Fuente: Fluvium.org