La Virgen María, la mujer

Camilo Valverde Mudarra 

 

En el Nuevo Testamento, la criatura cumbre de Dios, escogida para coadyuvar en la obra de la salvación, es María, LA MUJER, por excelencia, la esclava de Yahvé, la esclava del hombre (Lc 1,26-38.42-49; 2,7.32-35; Jn 1,14; 2,1-5; 19,25-27; Ap 12,1-6).
Según el misterioso plan salvífico, esta MUJER había de realizar la voluntad de Dios. María fue elegida y designada por los insondables e inescrutables designios de la Divina Providencia para ser la MADRE de Jesucristo: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1,26-38), la mayor dignidad y excelencia que un ser creado puede recibir.  
1. LA ESCLAVA DEL SEÑOR (Lc 1, 38)
  
No sabemos con certeza cuál es el origen y la significación de su nombre, pues se han dado numerosas interpretaciones, entre ellas, citamos las siguientes: María, en hebreo Miryam o Maryam procede del verbo marah en la acepción de dominar, con lo que María significa señora. En tiempo de Cristo, la lengua vulgar era el arameo, en que María es lo mismo que Marya con el sentido de Señora. Mir-yam es una palabra compuesta de Mir, contracción de Me’ir = el que ilumina y de Yam por Yah, contracción de Yahvé; así María viene a significar Yahvé ilumina o luz, brillo de Yahvé.Estando María atareada en las labores de la casa, un día, posiblemente, de marzo del año 749 de Roma, cinco antes del calendario actual, de modo imprevisto, se presentó en persona el ángel Gabriel, legado de Yahvé, que venía a anunciarle su Vocación (Lc 1,28).  
La vocación (sustantivo del verbo latino vocare, expresado en hebreo por qara' y en griego por kaleo, = llamar) es la llamada de Dios, la elección por parte de Dios, que en su amor eterno se hace presente a María y la llama para investirla de la más alta misión que un ser humano pudiera imaginar.
  En este pasaje de vocación y anuncio, se descubre un esquema o paradigma que se repite en otros relatos de anuncio con elementos comunes a todos ellos, como el de Moisés (Ex 3-4), el de Gedeón (Jue 6, 12-23), el del nacimiento de Isaac (Gén 17-18), el del nacimiento de Sansón (Jue 13), el anuncio a Zacarías del nacimiento del Bautista (Lc 1, 8-25), etc. Es posible que estemos constatando la existencia de un género imitativo. Pervive en ellos un fondo de realidad y hechos históricos que se envuelven en un artificio literario con la finalidad de resaltar y poner de manifiesto un contenido teológico, el llamado procedimiento derásico.
El anuncio del ángel contiene una estructura de cinco partes:
  
1º. Aparición del ángel: "El ángel Gabriel fue enviado por Dios ...y le dijo: ‘Alégrate (gr. xaire), llena de gracia, el Señor es contigo’. (Lc 1, 26-28). 2º. Turbación: "María se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo" (Lc 1, 29), porque ella ¿quién era, para tal saludo?
3º. Anuncio-mensaje: "Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús" (Lc 1,31; Mt 1, 21) 
4º. Objeción por parte de ella: "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?" (Lc 1,34).
5º. Signo de confirmación por parte de Dios: "El Espíritu Santo vendrá sobre tí... He aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su ancianidad..." (Lc 1,35-37; Mt 1,18).
El anuncio es un mensaje de salvación que encierra, como en otros casos análogos de la Sagrada Escritura, una misión difícil y pesada para el destinatario. A María de Nazaret, Gabriel le encomienda una misión universal y ecuménica, liberar a la humanidad del pecado a través de un libertador que Ella va a gestar y a criar. El anuncio que el ángel Gabriel le trae es el más impensable, el más inalcanzable para una criatura. Es una vocación excepcional y única en toda al historia de la humanidad, nadie la ha tenido ni la tendrá jamás. La Virgen María es llamada por Yahvé para ser la madre de Dios, del Hijo del Altísimo, rey universal y sempiterno en el trono de David, según la profecía de Isaías (Mt 1,23). María Abrumada por ese enorme peso y por la envergadura de la empresa que Dios le propone, titubea y teme. Y, en su sencillez adornada de profunda humildad, no se cree digna de ser escogida para colaborar en los planes de Dios. En la anunciación, la palabra de Gabriel es la del mismo Yahvé; es el ángel de la Encarnación, el ángel del anuncio a Daniel (Dan 9, 21-24), que "entrando junto a ella" le anuncia la concepción virginal de un "Hijo del Altísimo, que reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 28-33). Una vez que ha oído y entendido la profundidad de aquellas palabras, sucede inmediatamente, la aceptación libérrima y la entrega generosa de María en manos de Dios: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y, cuando acepta y pronuncia su "Fiat", se produce el más inmenso acontecimiento que jamás ha sucedido en el mundo. Ese fiat es el nuevo y definitivo acto de la creación. En esa hora, en ese minuto de la minúscula e ignorada Nazaret, crea entroncada con el Dios Creador una nueva humanidad y un mundo nuevo. En la respuesta de María, advertimos el eco de las fórmulas que todo el pueblo de Israel solía pronunciar cuando prestaba su consentimiento a la alianza: "Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho" (Ex 19,8; 24,3). En la intención del evangelista, esto significa que la fe de Israel madura en los labios de María. Y para coronar la escena, S. Lucas escribe que "el ángel la dejó" como para llevar la respuesta a Dios, según había hecho Moisés en el Sinaí (Ex 19,8b).
Ella no pone ninguna objeción, ni duda de la realidad de las palabras del Ángel. Sólo, en su inmensa humildad, se atreve a hacerle una tímida pregunta que, por otra parte, afecta enormemente a su situación y moralidad; necesita saber el modo, el cómo se va a realizar aquello para lo que Dios la llama y elige. Una vez que recibe la respuesta suficientemente satisfactoria para ella, se echa en los brazos de su Señor proclamándose su esclava, que no tiene voluntad propia ni querer alguno fuera del de su amo: “Hágase en mí según tu palabra”. Dios se ha dirigido hasta Ella para encumbrarla a las más altas cimas de la dignidad y Ella humilde se define su sierva. También Abraham se manifiesta siervo de Yahvé: Mi Señor, te lo ruego, si he hallado gracia a tus ojos no pases sin detenerte con tu siervo (Gn 18,3). En su exigüidad y sencillez y aún muy joven, tiene la suficiente intuición para entender la transcendencia de la misión a la que ha sido llamada. Su fiat, el hágase, significa, reconociendo su pequeñez e insignificancia, la aceptación inmediata, la respuesta pronta al ven y sígueme que dejándolo todo se echa en manos del Señor con todo su amor, fe y esperanza.La transcendencia de esta realidad le impone el sometimiento de su propio ser. Entrega su libertad y se pone en manos de Dios. María se hizo la esclava de Dios y gozó de la mayor libertad. Y es esclava de Dios porque es:
La mujer orante (Lc 2,19)
  
Es la mujer instalada en su intimidad, mujer silenciosa que sabe interiorizar los sucesos y aconteceres de su vida: María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2,19.51). Orar es hablar con Dios, rogar, invocar, alzar plegarias y dar gracias: Su Madre conservaba todo esto en su corazón (Lc 2,51). En Caná, ruega, pide a Jesús con su “No tienen vino”. Es bienaventurada porque oye y guarda fielmente la palabra. Así, su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó: “mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen; dichosos los que oyen la palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21; 11,28). María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto con su sombra. "La oración, dice Sta. Teresa, es hablar de amor con aquel que sabemos que nos ama". La Virgen estaba en constante diálogo de amor con el "Amor", Deus charitas est. Es amada por Dios, el Señor está contigo, y ama al Señor. La oración es reflexión y charla amistosa (Lc 5,12.16); es entrega, escucha de la voz de Dios: "Heme aquí… habla, Yahvé, que tu siervo escucha" (I Sam 3,8-9; Sal 57,1-3) y alabanza (Mt 11,25). Consiste en la sumisión total a la voluntad de Dios, como hace María, en la disponibilidad absoluta y en la obediencia confiada (Jn 19,26; Lc 23,34.42).  
La mujer obediente (Mc 3, 35; Mt 12,50; Lc 8,21).
  
Acoge confiada el designio del Espíritu Santo en su vida, sin reparo alguno (Mt 1,18; Lc 1,35). Se anonada y queda en un segundo plano ante la misión de su Hijo; respeta su determinación y decisiones. Recibe, con agrado, el legado que Jesús le confía desde la cruz: He ahí a tu hijo. Piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso, afirman que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia, que «la muerte vino por Eva y la vida por María» (LG 56).
  
La mujer oyente (practicante de la palabra) (Lc 11, 27-28).
  
Manifiesta su gran disponibilidad a la palabra de Dios (Lc1,38). Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la practican (Lc 11,28). María es la mujer expectante, está presente en el amor de Dios, escucha la palabra y la cumple; la palabra está bien cerca de tí, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica (Dt 30,14). María lo supo y no hizo otra cosa que tener la palabra en su boca y en su corazón; sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís; si alguno me ama guardará mi palabra (Jn 13,17; 14,23). Hace partícipes de su maternidad a todos los que cumplen la voluntad de Dios (Mc 3,31-35). La palabra de Dios oída y escuchada con atención, con oído creyente, es fermento de unión y hermandad con Cristo.
  
2. LA ESCLAVA DE LOS HOMBRES (Lc 1, 39-56)
  
María, emprendió viaje y fue a Judá a visitar a Isabel; supo que Isabel, ya mayor, había quedado embarazada, y, necesitando ayuda y compaña, salió corriendo a servir y atender a la anciana gestante -dice el evangelista- “con prontitud”. Tras la concepción se proclama esclava de Dios; a renglón seguido, se hace esclava del hombre, sin engreimiento alguno, se humilla y se anonada en el servicio hacia el ser humano que necesita socorro. Es una mujer delicada, atenta y servicial. Figura de la mujer Auxiliadora sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación. En Caná de Galilea, está en el cuidado de los otros y sus necesidades, “no tienen vino”. Atenta, con solicitud y observación, acude a remediar y a servir a los jóvenes esposos. María movida a misericordia suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (Jn 2,1-11). Durante su predicación “acogió las palabras y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Jn 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (LG 58). Y lejos de impedir la unión inmediata de los fieles con Jesús, la suscita, "concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas" (LG 61).Esta servidumbre de sierva perdura sin cesar desde la Anunciación y la cruz hasta la consumación de los siglos. Con su múltiple intercesión obtiene para el hombre la salvación eterna. Por ello, es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro y Madre de los Remedios. Así Gonzalo de Berceo dice:
  
Ella es dicha fuent de qui todos bevemos, 
ella nos dio el cevo de qui todos comemos; 
ella es dicha puerto a qui todos corremos 
e puerta por la qual entrada atendemos 
(Milagros de Nuestra Señora, 35).
  
La humilde (pobre) (Lc 1,46-55).
  
Al oír el saludo de Isabel, María dijo:
  
Glorifica mi alma al Señor, 
y mi espíritu se regocija en Dios 
mi Salvador, 
porque ha mirado 
la humilde condición de su sierva… (Lc 1,46-48) 
En su respuesta entona el Magnificat, cántico compuesto con diferentes textos del A. T.: Mi alma se alegra en Yahvé, mi frente se levanta a Dios (1 Sm 2, 1-11); grandes son las obras de Yahvé (Sal 111,2.4); sus maravillas hizo memorables (Sal 103,1). El himno es una explosión de júbilo en Dios y una profecía. Su agradecimiento es desbordante. Es la oración bellísima que salió de su corazón enamorado de Dios y de los hombres. Es un salmo de acción de gracias parecido a muchos que contiene la Biblia. Este himno del cristianismo primitivo es el cantar de un alma virtuosa y religiosa imbuida de las grandezas divinas llevadas a cabo en la historia de la salvación que culminan en el Verbo Encarnado. El Magnificat es una oración de la Virgen, que no pide nada, sino que alaba, exalta, celebra, agradece y que siente el desgarro social que atenaza al hombre. El aspecto religioso y el sociopolítico entrañan los dos argumentos del salmo. Es un modelo de oración y de vida, pues el hombre ha de moverse entre estas dos dimensiones. Y ahí radica el valor del Magnificat: es un manifiesto de liberación integral, espiritual y social, imperecedero, válido para toda ocasión. En el sentido bíblico, es revolucionario, “el himno de la gran revolución de la esperanza”, propugna el vuelco de las estructuras injustas en el orden moral y social.El poema tiene dos partes. La primera es la acción de gracias personal de María por las obras grandiosas que Dios ha operado en Ella. La segunda, expresa la voz de Israel que, a través de María, da gracias al ver cumplidas, en este niño, las promesas hechas a Abraham.
El Magnificat indica el reconocimiento de la providencia de Dios en el gobierno del mundo (v.51-53), mediante tres imágenes: “dispersar a los que se engríen”, señala a los que se guían por la sabiduría de este mundo, la sabiduría de Dios es la opuesta: a una virgen la hace madre y a una esclava, madre del Mesías. En la segunda imagen, “destrona a los poderosos”; y en la tercera, “los ricos no cuentan”, son castigados y empobrecidos. Dios ejerce su justicia, los pobres, socorridos, señalan los bienes mesiánicos.En su honda humildad, se declara pequeña, pobre, de baja condición y se humilla ante Dios y ante los hombres, porque no se enorgullece, ni se ufana, aunque “ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso”. Aquí, como ante el ángel, María se declara esclava de Dios. Ella que no es sometida, se somete voluntariamente. Es dueña y se hace sierva; vencedora y se presenta vencida. Por amor, por fidelidad, por esperanza y cumplimiento se anonada, se despoja de su voluntad para tomar la de Dios.  
La defensora de los pobres y oprimidos. (Lc 2, 51-53)
  
María resalta su humildad, su pobre condición social, su nimiedad y su bajeza. Vive pobre, en una familia pobre y en condiciones muy humildes; en un establo y sola tiene que dar a luz y unos pastores son los primeros en acercarse a ellos (Lc 2,7-8.16). Pero, Dios la ha mirado y, en consecuencia, será llamada dichosa, porque Dios siempre se sirve de lo sencillo e insignificante. María representa a los pobres de Yavé que esperaban su liberación. Jesús afirma desde el principio su opción por los pobres, su misión consiste en “evangelizar a los pobres”. Jesús usa la palabra “pobre” en sentido amplio y realista, no sólo es el económicamente débil, sino todo lo que hay de desgraciado y miserable en el hombre; son los infortunados, los enfermos, los necesitados, los expulsados, los pecadores. Al decir que de ellos es el Reino de los Cielos, quiere decir que “preferentemente es de ellos”, en expresión inclusiva no exclusiva, no excluyente. Es un reto y una respuesta a la soberbia de los fariseos. Señala el concepto peyorativo de las riquezas (Lc 6,24; 12,13-21).María expresa una idea utópica de la historia en la que la acción de Dios va a destruir a los ricos y orgullosos y encumbrar a los humildes. Los pequeños y los desposeídos ante la sociedad son los que atraen la protección de Dios. Esta es la didáctica de Yahvé. Por tanto, transformar el mundo, de acuerdo a este principio, debe ser el objetivo esencial del cristiano.
3. LA EDUCADORA (Lc 2, 39-52)
  
El niño crecía y se desarrollaba lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba con Él (v. 40). 
  
Son poquísimas las palabras que conservamos de María; no obstante, hay ciertas circunstancias importantes en las que toma la palabra: en la anunciación (Lc 1,34), en el templo (Lc 2, 48) y en Caná (Jn 2,3.5).
Es esta una historia de proclamación. Los varones judíos debían de ir a Jerusalén en las tres fiestas de peregrinación: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos (Ex 23,14-17; Dt 16,16). Las mujeres y los niños estaban excluidos, pero, a estos últimos era costumbre llevarlos, a los doce años, al templo para habituarlos a cumplir los preceptos de la Ley.
Las gentes que estaban lejos solían subir una vez al año. Así, María y José solían ir a Jerusalén en la fiesta de la Pascua; al tener ya doce años, llevaron con ellos al Niño, tal vez lo habían llevado antes. Aunque no era obligado permanecer toda la semana pascual, sí, había que estar los dos primeros días. Finalizados los ritos, probablemente en la Pascua del 762 de Roma, volvieron con la caravana, sin advertir la ausencia del Niño, hasta el día siguiente. La aglomeración era enorme, podía haber ido con algunos de los grupos indiferenciados y distanciados. Cuando se dieron cuenta que no estaba, lo buscaron llenos de preocupación y temor, por todas partes, entre los parientes y amigos. A la madre, se le partió el corazón, había perdido a su hijo. Temía que algo grave le hubiera pasado. José y María llenos de inquietud deshicieron el camino, preguntaron, indagaron, registraron y…nada; no estaba, no lo encontraron, nadie sabía nada. Tres días de zozobra, tres días de angustia; y he aquí que, en el templo, disertando, hablando y respondiendo a los Doctores de la Ley, que estaban atónitos con sus respuestas, lo encontraron sano y tranquilo. Su pena se trocó en alegría. Pero, al mismo tiempo, afloró la natural reprimenda y regañina de los padres, cuya autoridad exige que se pida permiso y se consulte antes de tomar una tal decisión. La madre le reprochó su conducta y le hizo ver la enorme amargura que les causó: 
«Hijo, ¿por qué te has portado así? Tu padre y yo te buscábamos muy preocupados» Él les contestó: «¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que ocuparme de los asuntos de mi padre?» Pero ellos no comprendieron lo que les decía (Lc 2, 48-50). 
  
  Parece bastante sorprendente que en este momento sea María la que reprende al niño y no José. Es procedente indicar que Lucas suele subrayar especialmente las actitudes de la Virgen; se puede observar fácilmente este cuidadoso esmero en sus textos sobre el nacimiento y la infancia de Jesús, mientras que Mateo ha puesto su atención más en la genealogía y en los modos y carácter de José.
El Niño responde con una frase poco comprensible y algo displicente. Su respuesta es de una dificultad ya clásica y de un gran contenido teológico. Jesús da por supuesto que ellos debían saber quién era y cuál su misión, por ello les reprocha su preocupación. Es Hijo de Dios, mi Padre; por tanto, Jesús está en su casa y ocupado en las cosas de su Padre. 
San Lucas indica que el Niño volvió con ellos a Nazaret y vivió obedeciéndolos. Añade un detalle que muestra la finura de la Virgen y la atención que ponía en su hijo: Su madre guardaba fielmente todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, crecía y se fortalecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres, por la experiencia personal y por la ciencia sobrenatural como don de Dios, pues su gracia estaba en Él.
  
4. LA MADRE DE LA PALABRA (VERBO) (Jn 1, 13-14)
  
Este primitivo himno comienza afirmando la divinidad del Verbo, (la “Palabra”), Ser Divino destinado a hablar e iluminar a los hombres: En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios (1,1). El propio término “Palabra” implica toda una revelación; es la expresión y comunicación de Dios. Toda la creación, descrita en el Génesis, fue hecha por la palabra creadora de Dios.La Palabra baja y se hace humana. En el seno virginal de María, el Verbo se hizo carne, que no nació ni de la sangre ni de la carne, sino de Dios (1,13); se encarna, no por deseo de hombre y convive con el hombre. María le presta la carne y el Verbo llega a hacerse carne en Ella:
  
Y el Verbo se hizo carne, 
y habitó entre nosotros 
y nosotros hemos visto su gloria, 
gloria cual de Unigénito, del Padre, 
lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14).
  
Viene al mundo y se hace hombre por medio de su Encarnación. De modo que teniendo la naturaleza de Dios, se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres (Fil 2,6-8). Carne, en el sentido bíblico, significa carne con vida, es el hombre entero, con la fragilidad y condicionamiento inherente a la realidad de criatura (Sal 56,5). María hace carne de su carne al Verbo, la Palabra de Dios, que existiendo desde el principio, pues vive y es en la eternidad, viene al mundo en la temporalidad; el Verbo que es descrito en su existencia eterna: “era” “existía”, actúa en un tiempo histórico: “se hizo”; a la duración eterna sucede el acto temporal: se hizo carne; es el momento en que una virgen dará a luz un hijo a quien ella pondrá el nombre de Emmanuel (Is 7, 14).Una virgen que acepta gustosa con un sí incondicional y, proclamándose esclava del Señor, concibe y es madre. La encarnación entraña en sí dos conceptos de orden superior que se proclaman en la profesión de fe tradicional: “Natus est de Spiritu Sancto ex Maria virgine” (nació del Espíritu Santo y de María virgen). Es doctrina incuestionable de los evangelios: María es auténtica madre de Jesucristo y fue y es virgen. En su seno anidará el Verbo, el Hijo de Dios; Jesús viene del cielo.El Concilio Vaticano II dice: “El Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. La Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como llena de gracia (cf. Lc 1,28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38) (LG 56).Encarnado, habitó entre nosotros y nosotros hemos visto su gloria. El término habitar significa: puso su tabernáculo entre nosotros. Su hondo sentido teológico expresa que el Verbo, hecho hombre es la morada de la divinidad y mediante el tabernáculo de su humanidad, que sustituye al antiguo, vive entre los hombres redimidos; es la nueva localización de Dios presente en la tierra, como Jesús sustituye al templo (Jn 2,19).
Al morar entre nosotros, podemos ver su gloria. Gloria expresa una aparición visible y grandiosa de Dios. El Verbo manifiesta su divinidad; revela de modo perceptible al hombre la visión sensible de Dios.
La plenitud de la gloria es también el motivo por el que Cristo está lleno de gracia y de verdad. En el A.T., esta dualidad expresa la misericordia (hesed) y la fidelidad (`emet) de Dios (Ex 34, 6). “Gracia” significa la abundancia de dones espirituales y verdad, el verdadero conocimiento de Dios. La verdad, la gran revelación, viene a este mundo con el advenimiento del Logos. El Verbo, existiendo en la intimidad y amor eterno con el Padre, al encarnarse, puede explicar a Dios: el misterio de la unión íntima de la Trinidad.  
5. LA MEDIADORA (Jn 2, 1-11) 
  
Desde el punto de vista teológico, el episodio de las bodas de Caná es ante todo cristológico, pero, al mismo tiempo, es uno de los grandes textos mariológicos. El pasaje ocupa un lugar de preeminencia en el cuarto evangelio; se inicia la manifestación de Jesús, por eso, Juan lo llama el “comienzo de los signos”:  
 Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, en la que estaba la madre de Jesús. Invitaron también a la boda a Jesús y a sus discípulos (Jn 2, 1-2). 
  
No se dice quiénes eran los contrayentes. Hemos de pensar, al ser invitados Jesús, su madre y sus discípulos, que serían unos parientes o, quizás, unos amigos y seguidores de la actividad apostólica emprendida por el Maestro de Galilea. 
Madre y mujer son términos fundamentales en esta perícopa. El narrador por tres veces utiliza la palabra madre. Y Jesús responderá a la demanda de María llamándola mujer; no madre, como es lo lógico y lo que se espera:  “¿A ti y a mí qué, mujer? Mi hora todavía no ha llegado” (Jn 2,4).En una boda, los invitados se despreocupan, se divierten, comen y beben. El espíritu de María está en el entorno, en el cuidado de los otros y sus necesidades. Nadie había notado aún nada. “No tienen vino”. Ella, con solicitud, adelantándose, acude a remediar y cubrir el apuro que sobreviene a los jóvenes esposos. María pide, pero no lo hace para ella; ruega, mejor aún, no pide, no ruega, sólo expone el hecho, se limita simplemente a hacerle conocer el problema, a sabiendas de que su hijo la honrará obedeciendo aunque diga que su “hora no ha llegado”, pues la frase dicha con sentido interrogativo, es afirmativa: “¿mi hora no ha llegado?”. Ella recibe, como sin haberlo oído, lo que parece una respuesta desairada y negativa, pero, muy segura de sí, sin el menor ápice de duda, manda a los sirvientes de la casa que hagan lo que Jesús les va a decir: Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Intuye a Jesús, sabe de Él, conoce a su Hijo.El llamar a su madre con el término, “mujer”, tiene la finalidad, como luego al pie de la cruz, de sublimar las relaciones familiares. Se llevan del ámbito estrictamente personal a un plano superior, para asentar que la conexión con Dios es más valiosa que la de la sangre. De María, mujer privada y privilegiada por su maternidad, pasa a la “mujer” corredentora en la historia de la salvación y la Eva de la nueva creación.La hora que no es llegada, indica, no la de hacer milagros, sino la del tiempo supremo en que Jesús ha de cumplir en plenitud el cometido especialísimo para el que ha sido enviado. En expresión popular, se dice que uno tiene su sino y su hora; se desea buena o mala hora. En el “Cantar de Mío Cid” se le aplica el apelativo de el de buena hora, en variadas ocasiones: “Ya Campeador, en buena hora çinxiestes espada” (Poema, verso 41).Jesucristo, desde el principio de los tiempos, tiene asignada “su hora”. El Padre ha asociado una hora a su misión redentora. “La hora tiene tanta trascendencia en el IV evangelio que toda la vida misionera y ministerial de Jesucristo está regida por ella. Se trata de una hora establecida por el Padre. El Hijo ha venido para aceptar esa hora (12,27); en la primera parte de este evangelio, se dice que la hora no ha llegado (2,4; 7,30; 8,20); en la segunda, ya ha llegado (12,23-27; 13,1; 17,1). Cuando su hora no ha llegado, sus enemigos no pueden nada contra Él (8,20; 7,30). La de Caná no era su hora; a pesar de todo, Cristo la adelanta por un momento y hace el milagro, y con el milagro manifestó su gloria” (LG,11).La hora de Jesucristo es, por tanto, la hora de la manifestación de su gloria, de su glorificación. Y esta es la hora de su muerte. Así lo manifestó él mismo poco antes de morir: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado" (12,23). Muerte y glorificación están fundidas y unificadas en la hora (12,23; 11,4; 13,31-32; 17,1.5.24). En el IV evangelio, pasión y gloria se producen en una misma hora. La pasión y la resurrección de Jesucristo están presentadas desde el mismo punto de vista.
  
Simbolismo.
  
Cuando Jesús manda: “Llenad de agua las tinajas” (Jn 2, 6-10), la perícopa alcanza el cenit del símbolo, pues todo el evangelio de San Juan está lleno de simbolismo: la conversión del agua en buen vino significa el don de la nueva alianza frente al judaísmo caduco. El milagro tiene lugar en el contexto de una boda, medio para representar la llegada de los tiempos mesiánicos, para indicar que a los hombres se les regalará con abundante vino y alegría (Si 31,28), tras inaugurarse el modo nuevo en que tendrán lugar las relaciones de Dios con la humanidad. Esta felicidad está prefigurada en la miniparábola de los esponsales: ¿Acaso pueden los compañeros del esposo afligirse mientras está con ellos el esposo? (Mt 9,15). Desde el profeta Oseas, las relaciones del pueblo con Dios se indicaban con la imagen matrimonial. Y, en esta boda de Caná, la unión que se evidencia, es la que, con la mediación de Jesús, los fieles y creyentes que seguirán sus pasos, realizarán con Dios.La bondad de Jesús, produciendo, en cantidad, 600 litros de un excelente vino, fruto de calidad, característica notoria de los tiempos y bienes mesiánicos, apunta al banquete futuro, a la rica abundancia del Reino y a la generosidad del Padre. El judaísmo, el A.T. y la humanidad representados en las viejas tinajas y en la escasez de vino, están acabados -no tienen vino-, les falta la exquisitez mesiánica. La ley antigua, con todos los ritos de purificación, tipificados en las seis tinajas de piedra -número imperfecto: siete menos uno- antes llenas de agua, ahora rebosantes de vino, caduca hoy, perece y queda abolida con la presencia de Jesús, en el quehacer salvífico del Hijo del Hombre que trae con Él el generoso y cálido vino del mensaje evangélico. El vino viejo que se agota simboliza el A.T. y el exquisito de gran calidad y cantidad, el Evangelio; el agua, la Antigua Alianza, se convierte en vino, la Nueva Alianza.
María es símbolo del Israel creyente que ruega a Jesús que traiga los tiempos nuevos, como también los criados que harán lo que Él les diga; Israel ha de olvidarse de la vivencia antigua, hacer lo que dice Jesús y aferrarse a la novedad mesiánica. Si, en el relato del Génesis, Eva está con Adán y toma la iniciativa en lo que a la caída y el pecado se refiere, en el relato evangélico, la Nueva Eva incita el signo para hacer que el Nuevo Adán, tras manifestar su gloria, convoque a la nueva humanidad que habrá de gozar en la unión de su Creador, abrazando su Nueva Ley de amor, muy superior a la revelación antigua. María es la intermediaria entre Cristo y los creyentes. Con la exhortación: haced lo que Él os diga, suscita en nosotros, los “sirvientes”, la “diakonía”, la perfecta docilidad a la palabra de su Hijo, que es la verdadera actitud que entraña la alianza nueva. En la frase, hay resonancias de la voz del pueblo de Israel a los pies del Sinaí el “día de la reunión”: Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho (Ex 19, 8), palabras con las que aceptaba unirse a Yahvé, su Dios, como la esposa al esposo. Así, quedaba concluido el desposorio de la alianza (Ez 16, 8). “María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que habla el libro del Génesis (3,16) y volver a recorrer el camino hacia aquel "principio" donde se encuentra la "mujer" como fue requerida en la creación y, consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno de la santísima Trinidad. María es "el nuevo principio" de la dignidad y vocación de la mujer, de todas las mujeres” (MD, 11).La referencia, tres días después, lo más lógico es tomarla como anotación del tiempo, que transcurre tras el encuentro y vocación de Felipe, en el contexto narrativo del esquema literario. Pero, es muy posible que estas indicaciones cronológicas, muy frecuentes en este evangelio, tengan también un valor simbólico y teológico. Tres días estuvo Jonás en el vientre del pez y, al tercero, lo echó a la playa (Jon 2,1s). Jesucristo, al tercer día, según la Escritura, resucitará de entre los muertos (Jn 20,9). Los “tres días después”, simbolizan la semana; si se tienen en cuenta los tres anteriores “al día siguiente” (1,29.35.43), completan los seis días de la creación (Gn 1), con lo que se señala que la obra de Jesús es un nueva creación. De ahí que la llame “mujer”, pues representa la primera mujer en el nacimiento de la nueva humanidad. Se inicia un tiempo nuevo.Ha llegado el tiempo de la redención, el Cordero que habrá de limpiar el pecado de los hombres comienza su proclama entre ellos y lo hace tras atender el ruego de la mujer, algo que no sucede en ninguno de los tres evangelios sinópticos. Así, en Caná, Jesús comenzó sus milagros, manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él (Jn 2,11). 

6. MADRE DE LA IGLESIA (Jn 19, 25-27). 
  
Tres son las mujeres, que, en esta simbólica y breve, pero densa perícopa de sólo dos versículos, hallamos junto a la cruz y con ellas está el discípulo amado. No sabemos el nombre de este último, aunque sí se nos dice que era el que Jesús más quería; es obvio que representa a los creyentes, a todos los de ese presente y a los que seguirán al Señor en el futuro. En cuanto a las mujeres, aunque están la hermana de la madre de Jesús, María de Cleofás y la fidelísima María Magdalena, personaje constante en todos los evangelios, el gran protagonismo de la escena recae sobre María, sobre ella gira el relato donde por cinco veces leemos la palabra madre.
Pero, ¿son tres las mujeres que se enumeran al pie de la cruz o hemos de leer cuatro? Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena (Jn 19,25). Es difícil de dilucidar. Si esta expresión: la hermana de su madre, se lee con coma, es una aposición y por tanto son tres; si lleva la conjunción copulativa “y”, indica suma y son cuatro. En opinión de muchos exégetas, se refiere a una misma persona, que es María de Cleofás. Este mismo sentido ternario es también el indicado por los sinópticos (Mt 27,56; Mc 15,40). “Hermana de su madre”, de acuerdo con el contenido semántico de la lingüística semita, no ha de ser exactamente hermana en su acepción propia, puede significar también familiar o pariente; según lo cual podría ser la madre de los hijos del Zebedeo.Unos soldados de centinela debían de vigilar de cerca a los crucificados para que nadie fuese a desclavarlos. Por eso, en el primer momento, el grupo de fieles mujeres miraban de lejos. Luego este séquito femenino ha podido acceder y se encuentra al pie de la cruz, lo que significa que han pasado las horas y que el final se acerca. Ya el jefe de la guardia no ve ningún peligro en este grupo de mujeres, cuando además ya se aprecian claros los signos de la agonía que sobreviene.
  
Mujer-madre-hijo. 
  
Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó con él (Jn 19, 26-27). Jesús, antes de morir, se dirige a María, con la palabra “mujer”. Es extraño que llame otra vez a su madre, “mujer”. Hay aquí una ruptura del paralelismo estructural del enunciado, de tan enorme valor en el ritmo literario semita. Debería expresar: Madre, he ahí a tu hijo; Hijo, he ahí a tu madre. En el aspecto literario, es lo que se denomina un quiasmo; si se observa, queda una estructura dispuesta en equis.Tal vez, no sean palabras textuales de Jesús y que sólo respondan al vocabulario de Juan, que es, por lo demás, lo más probable. Es un uso de la palabra “mujer” que desconcierta en los labios de Cristo ya desde Caná, que no la empleen los sinópticos y que se encuentre en dos lugares tan significativos de este evangelio. Parece que puede tratarse de una conexión bíblica alusiva. Con respecto al Génesis, la alusión llevará a vincular a María con la Nueva Eva (Gn 3,20).Puede que este texto de San Juan evoque un grupo. Es una tendencia estructural de su evangelio. En ningún momento del pasaje, les asigna sus nombres propios, sino los de “madre”, “mujer” y discípulo. El texto evangélico tiene resonancias de fórmulas paleotestamentarias mesiánicas, como se lee en la Escritura: Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo (2 Sam 7,14). En María, los creyentes podrán refugiarse para encontrar la dicha, alimentar su fe y convocar la luz que les guíe en el complicado peregrinar cristiano. Porque como dice el Concilio fue dada por Cristo como madre: “Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Io 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo (cf. Io 19,26-27)” (LG, 58). El discípulo la acepta como madre gozoso de ser a su vez aceptado como hijo. Es ahí figura de todos los creyentes.No se trata sólo de relaciones personales; es el sentido y la función específica que Cristo les asigna. Las palabras de Jesús ponen de manifiesto que, en su madre y en el discípulo, se entroncan desde ahora unas relaciones nuevas e íntimas: su madre tiene que convertirse en la madre del “discípulo” y éste será su hijo. El simbolismo de las palabras del crucificado sumerge el misterio de la Iglesia en el misterio de María. Desde aquella “hora”, se impone una actitud de abrazo filial como el del discípulo -dice J. Pablo II- a “todas las generaciones de discípulos y de cuantos confiesan y aman a Cristo” (RH 22). María es “madre de la Iglesia, de todo el pueblo de Dios”, madre de los hermanos de Cristo, de todos los discípulos de Jesús.La patrística que mejor estudia el cuarto evangelio interpreta este texto como el encargo de una entrega temporal; es sólo más tarde cuando la tradición cristiana aduce el carácter de la maternidad espiritual de María para todos los cristianos. Así lo ha venido reconociendo el magisterio pontificio. Pío XII escribe con claridad: “Jesucristo mismo, desde lo alto de la cruz, quiso ratificar, por don simbólico y eficaz, la maternidad espiritual de María con relación a los hombres, cuando pronunció aquellas memorables palabras”.María es la Madre universal de los hombres, al dar a luz, con los dolores de corredentora en el Calvario, a todo el pueblo redimido. María, la mujer por excelencia, que albergó en su seno al Hijo Redentor del mundo, se convierte ahora en la Iglesia.