Décimas de la pureza de María 

 

Antonio y Carlos Murciano

 

 

El soplo de Dios, fundido 
con tu entraña azul, María, 
por milagro se te hacía 
claro varón concebido. 
Y el hijo de Dios, tejido 
por ti, con aroma suyo, 
el que floreció en capullo 
tu seno con su promesa, 
hizo de tu carne ilesa 
cóncava cuna de arrullo. 

La media noche estrellada 
se cayó limpia a tu frente 
y humana y divinamente 
quedaste transfigurada. 
Tu vidriera delicada 
un niño-sol la inaugura, 
y sin romper la tersura 
de tu clausura primera, 
brotó en flor, a la manera 
que engendró en tu carne pura.