La comunión de la Virgen

José Luis Clements Sánchez

 

El tema de la comunión de la Virgen en el Cenáculo se debe a los místicos que creyeron que María no podía ser menos que los Apóstoles, que tuvieron la dicha de comulgar de manos del mismo Cristo. En este caso, como en las apariciones del Resucitado, ellos completaron devotamente el Santo Evangelio. Es un tema desconocido en la antigüedad cristiana y en la Edad Media. Es un producto de la nueva sensibilidad piadosa, que despierta a partir del siglo XIV.
Ciñéndonos a España, tenemos, por ejemplo, a Sor María de Jesús (siglo XVIII), Abadesa del Convento de la Inmaculada Concepción de la Villa de Agreda (Burgos), para explicarnos con su estilo tan singular la parte que a María le cupo en el Cenáculo el día de la institución de la Eucaristía. Lo dejó escrito en su "Mística ciudad de Dios".
Refiere la famosa abadesa que, una vez consagrado, María adoró el Santísimo Sacramento con incomparable reverencia. Luego lo adoraron los ángeles del cielo y tras los santos espíritus, lo adoraron Enoc y Elías, en su nombre y en el de los antiguos patriarcas y profetas de las leyes natural y escrita, cada una respectivamente. Luego siguió la comunión. "Jesús partió otra partícula del pan consagrado y la entregó al Arcángel San Gabriel, para que la llevase y comulgase a María Santísima (que se hallaba retirada en un aposento contiguo). Esperaba la gran Señora y Reina con abundantes lágrimas el favor de la Sagrada Comunión, cuando llegó San Gabriel con otros innumerables ángeles, y de la mano del Santo Príncipe la recibió después de haberla recibido su Hijo. Quedó depositado el Santísimo Sacramento en el pecho de María y sobre el corazón como legítimo Sagrario y Tabernáculo del Altísimo. Y duró este depósito del Sacramento inefable de la Eucaristía todo el tiempo que pasó desde aquella noche hasta después de la Resurrección, cuando consagró San Pedro y dijo la primera misa.
Esta comunión de la Virgen no llegó a interesar a la pintura monumental. Fray Angélico se limitó a representar a la Virgen de rodillas, mientras Jesús está distribuyendo el Sacramento a los Apóstoles.
La comunión de la Virgen que suele representarse es la que María recibió después de la Ascensión de su Hijo a los Cielos. Esta comunión tiene más tradición literaria y artística. He aquí como la describe la misma Abadesa de Agreda. "Cuando llegaba la hora de comulgar oía primero la Misa, que de ordinario le decía el Evangelista (San Juan); y aunque entonces no había Epístola, ni Evangelio, que no estaban escritos como ahora; pero decianla con otros ritos y ceremonias, muchos salmos y otras oraciones, pero la Consagración siempre fue una misma. En acabando la Misa, llegaba la Divina Madre a comulgar, precediendo tres genuflexiones profundísimas; y toda enardecida recibía a su mismo Hijo Sacramentado, y a quien en su Tálamo Virginal había dado aquella Humanidad Santísima le recibía en su pecho y corazón purísimo. Y en este tiempo el Evangelista mereció verla muchas veces llena de resplandor, que despedía de sí rayos de luz como el sol".
Una tabla gótica del siglo XV, del Palacio Episcopal de Segorbe (Castellón), representa la Misa de la Virgen. Expresa el momento en que San Juan consagra el pan. La Virgen ayuda la Misa y por esto es Ella quien levanta la casulla del celebrante. El clérigo se limita a incensar el Santísimo Sacramento. La virgen lleva la toca propia de la viudez, que constantemente lleva en todas las escenas de su vida, después de la muerte de su hijo.
La Comunión de la Virgen es sólo un detalle de sus relaciones con la Eucaristía. Místicos y Teólogos dicen cosas profundas y deliciosas sobre el tema. Ellos nos recuerdan que la Eucaristía renueva incesantemente el misterio de la Encarnación. Gracias a ella Cristo, el Hijo de María, vuelve a nacer en el altar en forma de pan. Rico pan floreado, por la Virgen amasado.

Publicado en: Boletín "El Muñidor". Enero – Febrero 1994.
Prohibido reproducir total o parcialmente este trabajo sin la mención expresa de su fuente de procedencia.