Epílogo

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

Ciertamente, Maria, no solo fue la Elegida de Dios para que diera a luz a su Hijo, ella debía desempeñar la misión de ser madre, la misión de educar, es así como Dios la colmó de dones especiales, así como también fue buena esposa, buena mujer, buena hermana con todos, buena prima y hoy nuestra buena madre. 

Maria educa y enseña las tradiciones de su pueblo a Jesús, le enseña a cantar Salmos, le habla de Moisés, le prepara de comer, le da calidez al hogar, cuida de su sueño y luego de ser madre y educadora, se hace la mas humilde de las discípulas de su Hijo, he ahí la grandeza de la tarea encomendada a la Virgen Madre, ayudar a su Hijo Jesús a crecer, desde la infancia hasta la edad adulta, «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión. 

María nunca deja de ser Madre, Madre de Cristo, Madre de los cristianos, Madre Nuestra, así lo dispuso Dios, el Espíritu Santo ha querido que quedase escrito, para que constase por todas las generaciones. 

En efecto, Nuestra Madre María, acompaña a su Hijo paso a paso, día a día, solidaria y apasionada por su misión redentora, alegre y luego sufrida, amando intensamente a su hijo, ocupándose de El. 

Acordémonos del relato de las bodas de Caná, imaginemos esa casa de campesinos, con mucho invitados, la música y el canto alegre de una boda, el baile, la alegría del evento, la amena charla y participación de los invitados que han caminado horas y algunos días para llegar a tan hermosa ceremonia que une a los amigos y familias, ahí entre ellos esta María y su Hijo, Ella como buena ama de casa, amable y dedicada para atender a los invitados, se da cuenta sola, y en seguida, “falta vino”, dice, algo muy propio de una buena mujer preocupada del hogar, pronta a advertir los pequeños detalles, que hace tan agradable la vida familiar, así es Maria. 

Es así, como Maria, presente siempre en la vida de Jesús, especialmente en el comienzo de la vida pública de su Hijo, porque no, preparando la cena de Jesús y sus amigos, o con el dolor en el camino al calvario. 

Hasta el último día, Jesús confió plenamente en su madre, así lo demuestra cuando a Juan, discípulo que la había amado, y que había aprendido a querer a María como a su propia madre y era capaz de entenderla, antes de expirar, allí al pie de la cruz, le dice a su madre: <<Mujer, ahí tienes a tu hijo>> Después, dice al discípulo: <<Ahí tienes a tu madre>>. 

Jesús nos invito de esta manera a que pongamos a Santa Maria, su Madre Virgen en nuestras vidas, y nosotros nos acercamos a Ella con confianza, como nuestra Madre, y Ella tan dulce y tierna, tan amorosa no se hace de rogar y nos atiende, incluso se adelanta a nuestras súplicas, su gran maternidad le hace conocer nuestras necesidades y no tarda en acudir en nuestra ayuda. Ella Elegida por Dios, como Madre de Jesús, y entregada por Jesucristo a nosotros como nuestra Madre.

Tenemos miles y miles de motivos para sentirnos de una manera especial, que somos hijos de María. 

“Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien sálvanos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita” 

María, madre mía, ere dueña de mi corazón